Un descenso a la sociedad del esperpento


Acerca de La madurez a principios de siglo. José L. Gutiérrez Trueba. Ediciones El Ojo de la Cultura

escribe Vicente Gutiérrez Escudero


En uno de los relatos que integran este volumen una usuaria pija de WhatsApp suplica encolerizada un “Me gusta” a una foto que se hizo durante una visita turística a un campo de concentración y que ha subido a una red social, titulándola así: “Auschwitz con Oscar”. Esta es sólo una pequeña muestra de la carencia de valores, la inmadurez y la banalización de las tragedias humanas a las que hemos llegado en Occidente. Las diecinueve historias que conforman La madurez a principios de siglo están repletas de situaciones similares.

Leyendo esta colección de relatos he de reconocer que experimento sensaciones contradictorias: por un lado pesadumbre y desconsuelo al comprobar en qué se ha convertido el individuo de las actuales sociedades europeas, pero por otro lado el libro se convierte en una tabla de salvamento, pues permite sobrellevar esa tragedia, al menos, con humor. Y creo que el hecho de generar estos sentimientos encontrados en el lector hace que el libro gane por partida doble.

No se trata de mera decadencia moral, ni de una pérdida de sensibilidad; es que el espectáculo – proceso muy bien descrito por Guy Debord en La sociedad del espectáculo –, ha colonizado y mercantilizado ya todos los rincones de la vida: el amor, la sexualidad, la amistad, el trabajo o el ocio. Lo que José L. Gutiérrez Trueba denuncia, en el fondo, es un colapso civilizatorio. Un colapso de esta magnitud surge cuando no reaccionamos ante las amenazas palpables que se ciernen sobre la humanidad, como son las crisis energética, hídrica, climática y social que nos rodean. La mayoría de los personajes que transitan La madurez a principios de siglo, a pesar de vivir inmersos en las redes sociales o rodeados permanentemente de televisiones, tablets y teléfonos móviles, ignoran paradójicamente lo que se avecina en ese sentido: sean esas tres pijas que compiten recorriendo Europa por ver quién de ellas adelgaza más, sea ese enfermo de lumbago que al estar tantos días postrado en la cama se hace adicto a la telebasura hasta el punto de enloquecer y creer que las personas de la vida real no son más que actores o sea ese otro desdichado que se pasa 16 horas al día pegado a todo tipo de pantallas, sin ser consciente de su adicción.

Muchos de estos relatos nos muestran a seres atomizados y embrutecidos, presos de unos medios tecnológicos de comunicación y unas redes sociales totalmente deshumanizantes; medios que no sólo nos hacen vivir en la ignorancia sino que además se suelen volver en nuestra contra, como le sucede a ese desgraciado que es fotografiado en Nepal besando a una chica, lo que provoca el fin de su relación sentimental o ese otro que es repudiado por toda la sociedad por culpa de una foto comprometida suya que se hace viral en el Street View. Hay, por tanto, una crítica descarnada y exasperada a la tecnolatría; esa fe ciega, esa entrega incondicional del individuo actual a las posibilidades de la tecnología de alto nivel. Para ello José L. Gutiérrez Trueba ha desarrollado un estilo de escritura muy característico, que oscila entre el humor agudo y cotidiano de un Juan José Millás y el absurdo surrealista y disparatado de un Roland Topor. Su lenguaje es irónico, mordaz y en muchas ocasiones, sobre todo en su mofa del individuo postmoderno, excesivamente corrosivo y paródico. Pero Gutiérrez Trueba parodia la sociedad actual sin desfigurarla; la caricatura que elabora de la sociedad británica es muy atinada – no olvidemos que el autor lleva más de 6 años viviendo en Reino Unido como emigrante – y de un realismo aterrador; no nos está hablando – aunque lo parezca – de probables futuros distópicos pues muchos de los escenarios posibles que plantea están ya ahí, a nuestro alrededor; en otras ocasiones, aunque algunas de esas historias den ciertos giros fantásticos, son por desgracia derivas verosímiles y algunos de esos escenarios futuros, si los analizamos en un sentido metafórico, son ya más que visibles, sirva como ejemplo el relato que narra la construcción de un muro alrededor de un barrio londinense para aislarlo del resto de la ciudad como medida antiterrorista hasta gentrificarlo, relato que, por cierto, recuerda a El país de las últimas cosas de Paul Auster. En otro relato describe toda una suerte de sucesos descabellados – no muy alejados por cierto de los sucesos a los que nos tiene acostumbrada la locura de muchos políticos europeos actuales -, sobrevenidos tras el Brexit como que los británicos expulsados por la UE sean expuestos en jaulas en el Museo de Historia Natural de Londres, que Cataluña pase a formar parte del Reino Unido o que la Familia Real Británica se refugie en el museo de cera de Londres por miedo a los disturbios en la calles.

Pero no todas las historias de este libro diluyen al individuo en la papilla tecnológica. En otros relatos José L. Gutiérrez Trueba nos habla de personajes que, impulsados por un romanticismo aventurero, llevan a cabo extrañas experiencias poéticas, como ese hombre que recorre el país releyendo lo que años atrás había escrito junto a su expareja en los libros de visitas de los hoteles, aquel otro que habiendo tenido por costumbre escribir anotaciones relacionadas con sucesos importantes en las páginas iniciales de ciertas novelas compradas ex profeso, decide al cabo de 15 años releerlas, o aquel que acude con el perro de su exnovia al célebre puente de Overtoun, en Escocia, para que éste se suicide por él. Estos personajes, similares a los protagonistas enigmáticos de ciertos relatos y novelas de Paul Auster, son un reconfortante punto de fuga y una grata contraposición con todos esos sujetos adictos a los teléfonos móviles, la televisión e Internet que no distinguen ya la realidad de la vida virtual, presentes en el resto de relatos del libro. En estas piezas el estilo es más lírico, comedido y sosegado, lo que demuestra su capacidad de utilizar distintos registros lingüísticos. 

Difícil encontrar un denominador común de estas 19 narraciones, pero creo que en la mayoría de ellas subyace una misma denuncia: la de la total infantilización y estupidización de la población adulta de Occidente, imbuida de nihilismo, soledad, resignación y consumismo e incapaz de reaccionar con sabiduría y reflexión ante los embates del amor, las rupturas sentimentales, las enfermedades, las adicciones o la propia muerte. De todos modos, el humor – a veces hiriente - de todos estos relatos transmite un valioso optimismo, optimismo que sin duda ayuda a sobrellevar el esperpento de nuestras sociedades actuales, sometidas cada vez más al imperio de la estupidez.

Prepárense para sumergirse en La madurez a principios de siglo. Cojan aire. El viaje es largo. Se trata de un descenso a los infiernos de la, llamada por algunos, modernidad líquida, una sociedad habitada por individuos cada vez más manipulados y alienados, a la que Gutiérrez Trueba no deja de abofetear en esta obra.


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